Hace ya meses escribí un post sobre la guerra y la escuela al hilo de una clase en el instituto sobre la Primera Guerra Mundial. Vuelvo a ella porque leyendo La révolution fut une belle aventure, me encuentro con una anécdota que me saca una sonrisa. En ella se aprecia el ingenio de los más humildes para resistir y desobedecer a las propuestas insensatas de los que mandan.
Paul Mattick tenía 10 años cuando estalló la Gran Guerra y su padre fue movilizado al frente de Bélgica como reservista. Sólo lo veían en casa una semana al año. Su madre tenía que trabajar muy duro para sacar adelante a la familia. Es entonces cuando el pequeño Paul, junto a otros amigos del barrio, comienza a robar frutas para sobrevivir a la pobreza reinante. En la escuela, se promueven colectas para ayudar a la Patria y los niños son enviados con sus huchas de puerta en puerta para recaudar monedas para la causa bélica. Pero muchos de estos niños no van a mostrar ningún interés en la guerra, tienen otras necesidades más importantes que cubrir:
"Grâce à ces collectes, nous avons pu amasser un précieux butin que nous avons caché dans notre cave, pour essayer de le vendre. Et ça a marché! Pour nous, il n'était pas question de donner ce métal à la 'Patrie', mais plutôt d'en tirer profit. La moitié de la classe –sur environ 40 élèves– n'ayant aucunement la fibre patriotique, nous l'utilisions à des fins détournées pour récupérer quelques sous. C'est dire à quel point nous étions absolutment insensibles à l'entrain suscité par la guerre"
A pesar de toda la maquinaria de propaganda puesta al servicio de la guerra, la resistencia –o, al menos, la indiferencia– era, pues, posible. Señala Mattick que el patriotismo dominante en la sociedad alemana de aquel tiempo no tenía apenas atractivo en el círuclo de niños berlineses con los que él se movía, tanto en la escuela como en el barrio:
"N'éprouvant aucune joie à l'idée de la guerre, soutenir une telle cause nous laissait indifférents. Comme je l'ai déjà dit, nous ne pensions qu'à nous-mêmes, aux copains et aux moyens de nous débrouiller pour subsister".
jueves, 26 de diciembre de 2013
lunes, 23 de diciembre de 2013
Paul Mattick: "El miedo nos impedía pensar y aprender"
Acaba de publicarse en Francia, gracias a Éditions L'echapée, La révolution fut une belle aventure, de Paul Mattick, militante y teórico de la izquierda consejista. El libro está basado en una serie de entrevistas realizadas durante el año 1976 y, a través de un recorrido autobiográfico, recorre el panorama social y político desde las calles del Berín revolucionario hasta los movimientos radicales americanos (1918-1934).Todo ello en un estilo ágil y vibrante.
Paul Mattick nació en Stolpen, pero muy pronto se trasladó a Berlín junto a sus padres. Hijo de un obrero no cualificado y de una criada, pasó su infancia en Charlottenburg, un barrio popular de la capital alemana. En el primer capítulo del libro, "L'enfance et l'horreur de l'école", Mattick recrea el ambiente de los barrios populares en el Berlín del primer tercio del siglo XX, la vida de los niños en la calle, su relación con la escuela y su entrada temprana en política de la mano de su primer trabajo como aprendiz en la fábrica Siemens.
El padre del pequeño Paul, sin estudios, era un sindicalista vinculado al partido socialdemócrata alemán y tenía la esperanza de que sus hijos adquirieran una cultura mayor que la suya. Resulta hermoso ver cómo acompañaba a sus hijos en sus primeros pasos con la lectura y la escritura, repasando cada tarde con ellos los libros escolares a la luz de una vela en la cocina. Queriendo ayudar y aprender al mismo tiempo.
Sin embargo, para el pequeño Paul y sus amigos la entrada en la escuela a los seis años no fue nada atractiva. A diferencia de los recuerdos callejeros, donde predominaban los juegos y una vida social muy rica, la escuela estaba dominada por el miedo, los castigos y la disciplina ciega, aspectos que impedían cualquier posibilidad de pensamiento libre y aprendizaje:
"Il y avait une seule chose dont nous avions tous horreur: l'école; à cause des maîtres qui pour la plupart s'y comportaient de façon extrêmement sadique. L'école était le grand monstre auquel nous essayions d'échapper à chaque occasion. Il faut dire qu'on nous frappait tout le temps. Certains instituteurs se faisaient un plaisir de se promener dans la classe avec une baguette. Nous devions répondre à leurs questions en présentant nos mains ouvertes. Lorsque la réponse n'était pas assez rapide, ils nous tapaient dessus.
La peur nous empêchait de penser et d'apprendre. À tel point qu'une année, nous avions decidé à trois ou quatre copains de tout faire pour éviter un certain instituteur. Nous nous étions donné le mot de ne pas passer dans la classe supérieure parce que le maître était un homme sadique et très méchant. Il traitait les enfants comme des bêtes et ne savait faire qu'une chose: cogner. Par conséquent, nous faisions exprès de négliger les leçons afin de pouvoir redoubler. Ce que nous avons réussi à faire!
Nous appelions les maîtres d'écoles 'les signes', pour la simple raison que des poils noirs poussaient sur les mains, et parfois même sur le bout de leurs doigts. Pour nous, ce n'étaient pas des hommes et nous ne pensions qu'à une seule chose, leur faire front. D'ailleurs, nul ne songeait à apprendre tant nous étions habités par la peur.
À cette époque, l'enseignement était si mauvais et rébarbatif qu'on peut se demander comment un être humain pouvait réussir à en tirer quelque chose. Il arrivait parfois, rarement cependant, qu'un maitre d'école ne nous frappe pas à tout bout de champ. Il gagnait alors en popularité et nous faisait mieux apprendre.
Ensuite la guerre est arrivée..."
Paul Mattick nació en Stolpen, pero muy pronto se trasladó a Berlín junto a sus padres. Hijo de un obrero no cualificado y de una criada, pasó su infancia en Charlottenburg, un barrio popular de la capital alemana. En el primer capítulo del libro, "L'enfance et l'horreur de l'école", Mattick recrea el ambiente de los barrios populares en el Berlín del primer tercio del siglo XX, la vida de los niños en la calle, su relación con la escuela y su entrada temprana en política de la mano de su primer trabajo como aprendiz en la fábrica Siemens.
El padre del pequeño Paul, sin estudios, era un sindicalista vinculado al partido socialdemócrata alemán y tenía la esperanza de que sus hijos adquirieran una cultura mayor que la suya. Resulta hermoso ver cómo acompañaba a sus hijos en sus primeros pasos con la lectura y la escritura, repasando cada tarde con ellos los libros escolares a la luz de una vela en la cocina. Queriendo ayudar y aprender al mismo tiempo.
Sin embargo, para el pequeño Paul y sus amigos la entrada en la escuela a los seis años no fue nada atractiva. A diferencia de los recuerdos callejeros, donde predominaban los juegos y una vida social muy rica, la escuela estaba dominada por el miedo, los castigos y la disciplina ciega, aspectos que impedían cualquier posibilidad de pensamiento libre y aprendizaje:
"Il y avait une seule chose dont nous avions tous horreur: l'école; à cause des maîtres qui pour la plupart s'y comportaient de façon extrêmement sadique. L'école était le grand monstre auquel nous essayions d'échapper à chaque occasion. Il faut dire qu'on nous frappait tout le temps. Certains instituteurs se faisaient un plaisir de se promener dans la classe avec une baguette. Nous devions répondre à leurs questions en présentant nos mains ouvertes. Lorsque la réponse n'était pas assez rapide, ils nous tapaient dessus.
La peur nous empêchait de penser et d'apprendre. À tel point qu'une année, nous avions decidé à trois ou quatre copains de tout faire pour éviter un certain instituteur. Nous nous étions donné le mot de ne pas passer dans la classe supérieure parce que le maître était un homme sadique et très méchant. Il traitait les enfants comme des bêtes et ne savait faire qu'une chose: cogner. Par conséquent, nous faisions exprès de négliger les leçons afin de pouvoir redoubler. Ce que nous avons réussi à faire!
Nous appelions les maîtres d'écoles 'les signes', pour la simple raison que des poils noirs poussaient sur les mains, et parfois même sur le bout de leurs doigts. Pour nous, ce n'étaient pas des hommes et nous ne pensions qu'à une seule chose, leur faire front. D'ailleurs, nul ne songeait à apprendre tant nous étions habités par la peur.
À cette époque, l'enseignement était si mauvais et rébarbatif qu'on peut se demander comment un être humain pouvait réussir à en tirer quelque chose. Il arrivait parfois, rarement cependant, qu'un maitre d'école ne nous frappe pas à tout bout de champ. Il gagnait alors en popularité et nous faisait mieux apprendre.
Ensuite la guerre est arrivée..."
lunes, 9 de diciembre de 2013
Estado de bienestar, escuela pública y usos del lenguaje
La lista de palabras que el Poder pervierte es larga y podríamos hacer un diccionario que nos advirtiese de que "Cuando el Poder dice esto, en realidad quiere decir esto otro". Desayunar con la portada digital de El País (9-12-2013) y encontrarse en primer plano con la frase de Mariano Rajoy "El estado de bienestar es un logro irrenunciable en España y en la UE" te deja poco menos que perplejo, más aún si uno lee un poco más abajo la siguiente noticia: "El recorte educativo alcanzará en 2014 los 7.300 millones de euros". Seguida esta última por "La inversión pública escolar se ha reducido un 16'7% en cuatro años" y "Educación pide a las autonomías que doblen los recortes ya hechos".
La escuela pública es precisamente uno de los pilares del estado de bienestar. Es, junto a la sanidad y los servicios de protección social, una conquista de las clases trabajadoras conseguida con mucho esfuerzo y tras duras luchas en la historia. Anunciar la defensa del estado de bienestar y hacer justamente lo contrario es tergiversar o, sencillamente, mentir.
La escuela pública es precisamente uno de los pilares del estado de bienestar. Es, junto a la sanidad y los servicios de protección social, una conquista de las clases trabajadoras conseguida con mucho esfuerzo y tras duras luchas en la historia. Anunciar la defensa del estado de bienestar y hacer justamente lo contrario es tergiversar o, sencillamente, mentir.
lunes, 25 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
¿De tod@s para tod@s? Un documental sobre la educación pública en España y una entrevista con su guionista y realizador, Jaime Bartolomé (eldiario.es)
"Hay un problema sobre el que todos los profesionales se han mostrado de acuerdo y es que tenemos un currículo diseñado por profesores universitarios para todo el mundo, no sólo para la gente que va a ir a la universidad. Para ellos está muy bien, pero influye en la tasa de fracaso escolar y de abandono temprano. Hay países en los que las asignaturas tienen un nivel más práctico, todos tienen su título de Educación Secundaria pero con puntuaciones según su nivel –tienes un 3 o un 4 en matemáticas e indica tus competencias–.
En España, de alguna forma, nos negamos a entrar en estos debates. Todos se escandalizan con las puntuaciones del informe PISA pero nadie incide en que tenemos un índice muy alto en memorización y muy bajo en capacidad analítica, y eso no significa que seamos mejores en lengua que en matemáticas, sino que tenemos gente con menos capacidad crítica y de análisis. Eso es mucho más precoupante que alguien se sepa o no los ríos de España de memoria. Es como si siguiéramos prisioneros de la lista de los reyes Godos. Tenemos un sistema anclado en lo memorístico y da la sensación de que nadie está dispuesto a debatirlo salvo los profesionales, y de ambos signos. Esto es algo donde hemos encontrado, llamativamente, un gran consenso". (Entrevista completa)
domingo, 10 de noviembre de 2013
Desconfianza, disciplina y control
A simple vista, puede parecer una anécdota sin importancia, pero pienso que es un síntoma que refleja algo más preocupante.
Hace unos días, el director de mi instituto se dirigió a mí –evidentemente incómodo– porque algún compañero se había quejado de que yo dejaba salir a mis estudiantes algunos minutos antes de que sonara el timbre al finalizar la jornada escolar. Le dije que era cierto, que algún que otro día, cuando habíamos terminado la clase y quedaban aún 3 ó 4 minutos, permitía a mis estudiantes de 2º de Bachillerato (17 años) que se fueran ya para casa.
Lo que me chirría de esta situación, al margen de lo correcto o incorrecto de mi actuación, es la confianza que este compañero/a muestra hacia la autoridad y la desconfianza y sospecha hacia el compañero o el igual. Me preocupa el recurso cada vez más frecuente a la autoridad para resolver el más mínimo incidente o conflicto en la escuela, como si fuéramos niños que al primer pellizco llamamos a papá. ¿Por qué ese compañero o compañera no me comentó a mí que intentara no dejar salir antes a los estudiantes, que al hacerlo desconcentraba a los de su aula y que le impedía terminar con normalidad su clase, como hubiera sido lo natural entre compañeros?
Otro elemento que también me da que pensar a partir de este aparentemente inocente incidente es ese celo excesivo hacia el orden y la disciplina que domina y asfixia hoy nuestras instituciones, y que en realidad oculta un miedo a la espontaneidad y a perder la compostura, lo que tanta falta nos hace.
Hace unos días, el director de mi instituto se dirigió a mí –evidentemente incómodo– porque algún compañero se había quejado de que yo dejaba salir a mis estudiantes algunos minutos antes de que sonara el timbre al finalizar la jornada escolar. Le dije que era cierto, que algún que otro día, cuando habíamos terminado la clase y quedaban aún 3 ó 4 minutos, permitía a mis estudiantes de 2º de Bachillerato (17 años) que se fueran ya para casa.
Lo que me chirría de esta situación, al margen de lo correcto o incorrecto de mi actuación, es la confianza que este compañero/a muestra hacia la autoridad y la desconfianza y sospecha hacia el compañero o el igual. Me preocupa el recurso cada vez más frecuente a la autoridad para resolver el más mínimo incidente o conflicto en la escuela, como si fuéramos niños que al primer pellizco llamamos a papá. ¿Por qué ese compañero o compañera no me comentó a mí que intentara no dejar salir antes a los estudiantes, que al hacerlo desconcentraba a los de su aula y que le impedía terminar con normalidad su clase, como hubiera sido lo natural entre compañeros?
Otro elemento que también me da que pensar a partir de este aparentemente inocente incidente es ese celo excesivo hacia el orden y la disciplina que domina y asfixia hoy nuestras instituciones, y que en realidad oculta un miedo a la espontaneidad y a perder la compostura, lo que tanta falta nos hace.
domingo, 3 de noviembre de 2013
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